lunes, 13 de diciembre de 2021

Apuntes de "Manuscritos inéditos" Ida Gramcko.

 


El amor sigue siendo un vacío que encontró su origen.


Todo esto ha sido obra del amor. El amor ha sido y sigue siendo como una angustia que se desmorona, como una congoja que se muere, como una perforación tan emotiva que nos parece prematura, como la precocidad de una calma. Pero ahora el amor le da un báculo a todo lo viviente. Pues todo lo viviente necesita respaldo. Yo soy la apoyatura del arroyo. La base de los verdes. Aplomo de las ondas. Ahínco de los nardos. 



Disculpa a lo que muere. Tráelo como si fuera eterno. 


Ida Gramcko (Manuscritos inéditos, caja 1, carpeta 11, pág: 30, 54 y 30 respectivamente).

y 14 años sin Valdo.


Rastro de Manuscrito original (carpeta 2).


domingo, 13 de diciembre de 2020

La cerradura del amor —Francisco Brines


LA CERRADURA DEL AMOR


Soluciona la noche con monedas:

pagas así la cama.

Mas aquello por lo que tanto dieras (o quizás dieras poco): la promesa del cielo (que es lo eterno) o esta vida final (el desengaño),

por el amor lo dieras casi todo.

Mas si lo ves venir aguarda altivo porque el don que te llega lo mereces.

No le opongas dureza, mas que llame a la puerta cerrada. 

No te fíes de la belleza de un semblante joven, y escruta su mirada con la tuya; ayude la experiencia de los años para tocar el alma. 

Si algo sabes debe servirte mucho en esas horas.

Puede que, a quien esperas, le despidas, y te quedes más solo.

Mas el amor no pagues con monedas, no mendigues aquello que mereces.


(Francisco Brines- Premio Cervantes 2020)

[Ya contamos 13 años sin ti V.]



miércoles, 29 de enero de 2020

Crisálida (2018)




A E.P.C





La diáspora sirvió para que la crisálida volviera a ser embrión. Atenuada como impronta, decidió esperar y moverse lento. No faltaron opuestos que quisieron tocarla. Acercarse también era una opción válida dentro de lo que había, que no era mucho, pero ¿cuándo la cantidad define la existencia? Crisálida sabía que es también propio de la espera aceptar al opuesto, mirarlo y tocarlo; intentar ser, re-crearse inhalando la pulsión del hábitat que siempre llamará a eso, a percibir.


La diáspora disipó pero también irradió hebras de fósiles verdes. En fibrosas longitudes, se alinearon y se confundieron muchas, se agasajaron de tener líquenes fibramentosos que junto con los ya conocidos y antiquísimos crustáceos formaron la espora de vida de la que crisálida había perdido si no todo, por lo menos la fe. Y que no fue una pérdida por lúdica o por falta de ella, al contrario, fue básicamente una pérdida tan íntima como espiritual, como muchas otras.


Líquenes y hebras al azar que sirvieron para que la huida no fuera la hecatombe, al contrario, la diáspora fue atenuada por estas fibras, que aunque poco unidas y lentísimas pudieron saber del espacio y tiempo para que sucediera si no, un horizonte solidario, sí, un belvedere desde donde se miraba o se intuía algo por lo menos tibio –señal de una buena entropía in situ-, adecuado también para que crisálida fuera una vez más “alguien”. Ese lugar nominativo que muchas veces complica al humano, pero que en este reino de diásporas y líquenes marcan el tiempo definiéndolo, y si no, ojalá.

La diáspora entonces fue la apertura figurativa a la que crisálida apostaba sin saberlo. Pero no hubo recuerdo. Crisálida aún embrión esperó, se atenuó y se volvió impronta. Ya disimulada del entorno quiso salir y mostrarse, pero no era el momento. Nuevamente jugó a confundirse hasta que llegó un viento casi lluvia que limpió y sacudió las hebras. 


Crisálida sabía que luego del agua el hongo se aviva. Musgos y bacterias flotaron por el espacio. Tuvo que esperar en la pupa para ser la forma, el figurín, la fornitura. Palabras hasta entonces desconocidas, pero las tuvo que habitar
para saberlas -ya no sola. 




Hongo supo ser azul sonido con manos quemantes que al tocarla crisálida voló.



                                           Pico Toro y León (Mérida, Venezuela 2016)



Poemas (2018-2019)


sábado, 1 de julio de 2017

Salmo Cuarto: las mortajas (The cerements) W. S. Merwin

Foto por Nancy Carrick Holbert de W. S. Merwin 1969


Ella hizo para el un techo con sus manos
con la voz de él tejió
los muros para detener el viento
pintó las ventanas con sus sueños
cada una con su reino
y las puertas eran espejos diseñados
desde sus ojos
pero al abrir él se había ido

ida la visión
ido
el testigo

Ella hizo para él una jaula de deseos
él ayudó mientras pudo
proveyó largo tiempo
y seguro ayudó con las tareas más arduas

pero al abrirla

Ella hizo para él una red de acuerdos
donde él pudiera tener un sitio
como un ojo en sus venas
un universo en sus horas
lo colmó de lágrimas
con las lágrimas de ambos

pero al abrir él se había ido

ida
la petición

Ella hizo para él una caja de cierta madera dulce
que sabía que él añoraba desde su niñez
en las esquinas se alzaron columnas que ella pintó como humo
diseñó una estrella en el interior de la tapa

pero al abrirla

Ella hizo para él una cama como tienen los hados
en las palmas del recién nacido
pero allí no reposan
han resucitado

pero al abrirla él
se había ido

Crearon para él un arca de un único árbol y
sitios construidos para él dos de cada
especie

pero antes de llegar la lluvia él
se había ido
idas las leyes de las manos
ida la noche de las venas
idas las pugnas de los templos

y todos los rostros del cielo.


(versión de Jeanette L. Clariond)

domingo, 6 de marzo de 2016

Roy Arundhati -El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas por Roy Arundhati


“Desde el punto de vista más práctico, es probable que lo más correcto fuera decir  que todo comenzó cuando Sophi Moll llegó a Ayemenen. Quizá sea cierto que las cosas pueden cambiar en un solo día. Que unas pocas docenas de horas pueden afectar al desarrollo de vidas enteras. Y que, cuando eso sucede, esas pocas docenas de horas, igual que los restos rescatados de una casa incendiada (el reloj carbonizado la fotografía  quemada, los muebles chamuscados), tienen que ser desenterradas  de entre las ruinas y examinadas. Conservadas. Descifradas. 
Cosas comunes, pequeños hechos, destrozados y recuperados. Imbuidos de un significado nuevo. De pronto, se convierten en los huesos descoloridos de una historia.
Aún así, decir que todo comenzó cuando Sophie Mol llegó a Ayemenem no deja de ser una forma más de ver las cosas.
De igual modo, podría afirmarse que, en en realidad, comenzó hace miles de años. Mucho antes de que llegaran los comunistas. Antes de que los británicos tomaran Malabar, antes de la supremacía holandesa, antes de que llegara Vasco de Gama, antes de la conquista de Calicut por parte del primer zamorín. Antes de que tres obispos sirios con túnicas púrpuras asediados por los portugueses, fuesen encontrados flotando en el mar, con serpientes marinas enroscadas sobre los pechos y ostras enredadas en las enmarañadas barbas. Podría afirmarse que comenzó mucho antes de que el cristianismo  llegase en un barco y se extendiese por Kerala igual que rezuma el té en una bolsita.
Que, en realidad, comenzó en los días en que se establecieron las Leyes del Amor. Las Leyes que determinan a quien debe quererse, y cómo. 
Y cuánto” (p. 49). 


"En el entierro de Papachi, Mamachi lloró tanto que se le comieron los lentes de contacto. Ammu les explicó a los gemelos que Mammachi lloraba más por estar acostumbrada a él que porque lo amara. Estaba acostumbrada a verlo paseándose por la fábrica de conservas y a que le pegase de vez en cuando. Les dijo que los seres humanos eran animales de costumbres y que era increíble las cosas a las que podían llegar a acostumbrarse. Les bastaba con mirar a su alrededor, añadió Ammu, para darse cuenta de que las palizas con jarrones de latón eran lo que menos importante tenía" (p. 68).


"Chacko (...) les explicó que la historia era como una casa vieja durante la noche. Con todas las lámparas encendidas. Y los antepasados susurrando dentro.
-Para comprender la historia- dijo Chacko-, debemos entrar y escuchar lo que dicen. Y mirar libros y los cuadros que hay en las paredes. Y oler los olores. (...)
-Pero no podemos entrar -les explicó Chacko-, porque han cerrado con llave y nos han dejado afuera. Y cuando miramos por las ventanas, no vemos más que sombras. Y cuando intentamos escuchar, no oímos más que susurros. Y no podemos entender los susurros porque nuestras cabezas han sido invadidas por una guerra. Una guerra que hemos ganado y perdido a la vez. La peor clase de guerra. Una guerra que captura los sueños y los vuelve a soñar. Una guerra que nos ha hecho adorar a nuestros conquistadores y despreciarnos" (p. 71).



"La flor favorita de Bebé Kochamma era el anturio"

lunes, 20 de julio de 2015

Jack Kerouac



"No era como conducir a través de California, Texas, Arizona o Illinois, era como conducir a través del mundo por lugares donde por fin aprenderíamos a conocernos entre indios del mundo, esa raza esencial, básica de la Humanidad primitiva y doliente que se extiende a lo largo del vientre ecuatorial del planeta desde Malaya (esa larga uña de China) hasta el gran subcontinente de la India, hasta Arabia, hasta Marruecos, hasta esos mismos desiertos y selvas de México y sobre los mares hasta Polinesia, hasta el místico Siam del Manto Amarillo y así, dando vueltas y vueltas, se oye el mismo lamento junto a las destrozadas murallas de Cádiz, España, que se oye a 20mil kilómetros más allá en las profundidades de Benares, la capital del mundo. Estos individuos eran indudablemente indios y en nada se parecían a los Pedros y Panchos del estúpido saber popular americano... tenían pómulos salientes y ojos oblicuos y gestos delicados; no eran idiotas, no eran payasos; eran indios solemnes y graves, eran el origen de la humanidad, sus padres. Las olas son chinas, pero la tierra es asunto indio. Tan esenciales como rocas del desierto son ellos en el desierto de la "Historia". Y lo sabían cuando pasábamos por allí; unos americanos que se daban importancia y tenían dinero e iban a divertirse a su país, sabían quién era el padre y quién era el hijo de la antigua vida de la tierra y no hacían ningún comentario. Porque cuando llegue la destrucción al mundo de la "Historia" y el apocalipsis vuelva una vez más como tantas veces antes, ellos seguirán mirando con los mismos ojos desde las cuevas de México, desde las cuevas de Bali, donde empezó todo y donde Adán fue engañado y aprendió a conocer" ". Kerouac J. 1981, In the road. Bruguera. 1ra edición. p. 365-366.